Silencios y secretos

AUTORA: Sabela Facal Graña

Taller: La voz de las mujeres

Inés habla con los muertos. Pero hoy en día a nadie le importa, más bien es un estorbo para la razón y un desasosiego insoportable para la seguridad científica en la que vivimos inmersos, así que pacientemente Inés lo guarda en secreto.

Estudia Psicología en la Universidad y cada mañana reserva una hora para pasar consulta en su cocina a los muertos, a ellos no les importa que aún no esté licenciada y a cambio ellos le cuentan historias del antes, del otro tiempo que fué ayer.

Inés tiene un ritual para convocarlos, vierte lentamente el café humeante, recién hecho, en una taza especial. A los muertos les encanta el olor a café. Mientras lo hace les avisa de que ya está disponible y que pueden pasar a su consciencia, y ellos o ellas van apareciendo y esperan pacientemente su turno para consultar. Esta es una rutina para Inés, que la llena de satisfación y de sabiduría.

Inés guarda la taza en la alacena, ese mueble de cocina que apenas aparece ya en los catálogos de Ikea, y que ella atesora como el recuerdo de infancia de su aldea. La taza, un viejo pocillo en el que su abuela tomaba las galletas con café del desayuno, es de uso exclusivo para el ritual. Por eso la guarda al fondo, contra la esquina, y coloca las otras delante para que la protejan. Sabe que nadie la cogerá porque la mano no busca detrás lo que tiene delante, y sólo su mano sabe dónde está la verdad. Además de ser la taza estéticamente menos apreciada para cualquiera menos para ella.

Sé la historia de Inés porque yo también hablo con las muertas, y ellas me hablan de Inés, de su taza y de su café. Hablo con su abuela y con su madre , les ayudo a trasmutar el dolor que sienten por haber dejado sóla a Inés. A mí me enseñan las profundidades del alma cuando sangro, y a través de mis dolores ellas se liberan. El dolor de los muertos, me dicen, es el dolor del olvido. Inés y tú acogeis nuestras memorias y las trasmutais al hacerlas vuestras, es así como nos liberamos.

El otro día me crucé con Inés por la calle. Nunca nos hemos hablado, pero no nos hace falta, lo que sabemos tal vez desaparecería si se pronuciase en alto, tal vez nuestras palabras fuesen robadas y con ellas la sanación de las memorias. La memoria de los muertos es delicada y vulnerable y es necesario protegerla bien.

Con mirarnos basta, sabemos que las palabras que atesoramos son las mismas y abarcan todo lo decible y lo indecible de la vida y de la muerte. Y que la vida y la muerte se guardan entre el olor del café y el dolor de la sangre. Entre ella y yo. Y que tanto ella como yo seremos muertas y memorias y habrá alguien, otras alguien, que en secreto y con delicadeza nos custodien.

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Trenzadoras

Palabras a volar es un espacio de encuentro para mantener el hábito de la escritura personal. En esta recopilación aparecen algunas de las mujeres que habitan la comunidad online desde febrero de 2018; ellas han escrito y seleccionado los textos.

La única pauta que seguíamos para desarrollar las propuestas de escritura era crear con total libertad. Al compartir nuestros textos hemos ido tejiendo un espacio seguro en el que expresarnos y conocernos, tanto en la propia comunidad como en la relación con nosotras mismas: ser cada vez más conscientes de lo que experimentamos cada día, nombrar lo que nos sucede para poder manejarlo. Nuestro reto para este año es explorar las técnicas literarias.

Aquí puedes leer una selección en pdf de los textos escritos este año por las trenzadoras de palabras, bosques y océanos: Isabel Montes de Oca, Cristina Morais García, Anna Carbonell Piqueres y Silvia Barcenilla Paz. Gracias, tejedoras. ¡Seguimos!

Anatomía de un relato

¿De qué está hecho un relato? ¿Cuáles son sus partes, cómo se articula?  En este instante se me ocurre verlo como un cuerpo humano: con su estructura, sus órganos, músculos y huesos. ¡Vamos allá!

Esqueleto: la historia. De poco sirve escribir con buen estilo si no cuento con una buena historia. Para iniciar su construcción a mí me basta con entregarme y confiar en la improvisación, en la intuición. He leído hace poco declaraciones de una novelista que afirmaba escuchar una voz a su espalda que le dictaba lo que debía escribir. Yo no llego a ese estado de conexión con mi musa (o muso), pero lo que sí te puedo asegurar es que no planifico frente al papel en blanco.

No descubriré nada extraordinario si recuerdo que una buena historia debe poseer una base sólida: con un sacro y un cráneo pétreos; rótulas resistentes y caderas anchas. Y, cómo no, una columna vertebral flexible, bien conectada y disponible; con capacidad de escuchar lo que le pide el resto de la máquina (los personajes, el ritmo, la resolución final).

Elegir el tema es otro aspecto clave. Vale la pena reflexionar sobre el tiempo, el tono, el contexto. Si es actual y cercano te facilitará (por lo menos a mí) escribir con mayor fluidez y confianza.

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Cara: el inicio. Una de las claves de una historia interesante, que sepa atraer la atención de quien la lee reside, a mi entender, en proponer un comienzo atractivo. Debe sugerir sin mostrar. Me refiero a un inicio que sorprenda y que no nos recuerde a algo ya leído antes. Al escribir me veo impulsado a atraer. Enamorar queda lejos; me conformo con gustar a primera vista. Un buen comienzo ayuda a que la lectora, el lector, quede con ganas de seguir navegando por la historia.

Músculos: personajes. Sin buenos músculos el cuerpo no se mueve. Si los personajes no son creíbles, si quien lee no siente curiosidad por saber qué les va a pasar, el relato carece de interés; se convierte en una cerveza sin gas. Para tenerlos en forma, la historia debe contar con buenos diálogos y sólidos perfiles sicológicos de quienes interactúan.

Admiro a quien tiene la capacidad para describirte físico y personalidad con dos frases. A mí me resulta una tarea compleja. Lo mismo que crear personajes de carne y hueso, que hablen con palabras de verdad. Hay demasiado cartón piedra, mucho cliché entre lo que leo. No resulta fácil dibujarlos sin artificios ni trucos. Imagino que para hacerlo bien ayuda la práctica y el don de artista. Espero que también se pueda aprender.

Corazón: el ritmo. Aquí vuelvo a toparme con una cualidad que no es patrimonio exclusivo de la escritura narrativa. Ni siquiera de la poesía. Una obra de teatro o una coreografía están obligadas a cuidarlo, a escucharlo. Cada quien lo hallará por sus medios. Imagino que al principio hay que atender a la intuición y luego se aprenderá con la práctica. Como en la música, la melodía (la historia) es importante; pero de nada sirve componer una melodía magnífica si perdemos el ritmo de la canción.

Piel: el estilo. En este caso me viene a la cabeza la imagen de la capacidad artística y técnica de manejar el pincel, para quien pinta. Creo en la versatilidad para usar, según el caso, registros diversos. Entiendo que todas aspiramos a contar con una voz propia, una suerte de marca que permita a quien lea nuestras palabras reconocernos. Como la piel, el estilo debería ser: sensible, fino, suave, delicioso al tacto. Ojalá alcanza a tener su propio olor y sabor. El estilo, como la piel, se eriza con el frío y suda con el calor; dispone de la capacidad de travestirse dependiendo de la temperatura de la historia.

Pies: resolver la trama. De poco sirve haber paseado con fluidez por todo el relato si llegas al final y cierras la historia de mala manera. No creo que siempre haya que sorprender. Más bien soy partidario de atender a lo que te pide la propia historia. En la conclusión, no vendría mal disponer de unos pies que te sostengan firme, que te enraícen a la tierra; si lo consigues puedes viajar y disfrutar del trayecto haciendo disfrutar a quienes te acompañan. El final debería convencer e interesar. Un reto que si no funciona nos debería aconsejar una visita al podólogo.

Marina y José

Marina vive en el tercer piso de la calle Campoamor número 6 y José en el cuarto piso del mismo edificio, se conocieron hace un par de años y enseguida se hicieron novios.

—Bueno, novios, novios no somos— dice Marina con su acento gallego tan cantarín. —Somos amigos. Cómo voy a tener novio, ¿hija? ¡si tengo 90 años!

Paseamos por el jardín, nos sentamos a tomar el sol y, a veces vamos al bingo, aunque a mi no me gusta mucho eso-. Marina tiene unos ojos azules preciosos y el pelo blanco; a Marina le sonríen los ojos cuando habla de José.

José en cambio no tiene canas, lleva gafas y en verano se coloca una gorra para protegerse del sol cuando sale a comprar fruta para Marina, ella, aunque maneja bien el caminador no tiene ganas de paseos muy largos. José mueve su bastón con ligereza, como un galán de película de los años 30.

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Cada tarde, después del desayuno, José baja al tercero a recoger a Marina, bajan al portal a dar unas vueltitas, y suben a la hora de la comida. José siempre la acompaña hasta la puerta, nada de dejarla en el ascensor. Después de la siesta José aparece puntual para recoger a Marina e irse al bingo o al baile, a veces se quedan en la entrada charlando con Roser. Bueno charlar, charlar solo Marina porque José es más bien callado, él solo le coge la mano y se la acaricia con ternura mientras ella habla con las amigas, o cuando se queda dormida al sol.

Desde hace unos días Marina está preocupada, José aparece a recogerla sin peinar, con los cuatro pelos revueltos, él que es siempre tan mirado con su aspecto.  Cuando Marina se lo menciona, José se enfurece, dice que ha perdido el peine, bueno en realidad dice que se lo han robado:

—Pero ¿cómo van a robarte el peine, hombre? —le dice Marina— , habrás olvidado donde lo dejaste.

José insiste, y además se enfada. “¡Pues claro que se lo han quitado! Cómo si no iba a desaparecer”. Marina, practica ella, quiere prestarle el suyo, pero José se ofende muchísimo, él solo usa su peine, faltaba más. Y es que José siempre ha sido muy suyo.

—José, ¿por qué no te compras otro, hombre? ¡que llevas ya tres días sin peinarte!

José se ha peleado ya con la señora de la limpieza, ella fue la primera sospechosa, aunque no ha sido la única.

Hace ya dos días que José no pasa a buscarla, y Marina está muy intranquila, como no tiene teléfono ella no puede llamarlo. Por suerte ésta mañana ha venido su hija a verla y Marina le ha pedido que vaya al piso de arriba a ver qué pasa con José.

Marina escucha las noticias muy seria, concentrada para no perderse una palabra de lo que le dice su hija:

—José está mal mamá, me ha dicho la auxiliar que se le ha ido la cabeza, están desconcertados porque la familia no responde, ni sus hijos, ni sus nietos. No saben qué hacer. Parece que anteayer se peleó con su compañero de habitación, decía que le había robado un peine, pero la señora de la limpieza lo encontró debajo del colchón, dice que no es la primera vez.

—Pobre José, mira que él tenía un piso muy bueno, se lo regaló a sus nietos, ¿ y ahora?

Esta tarde han bajado a José a la tercera planta, se ha sentado en el sofá al lado de Marina, no se han dicho nada, casi ni se han mirado, se han cogido de la mano y han seguido mirando la tele.

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Test del Reloj. Dibujos de personas con la enfermedad de Alzheimer. Fuente: la mentees maravillosa.com

Les basses

Cierro los ojos y es verano, estoy nadando en les basses, los antiguos lavaderos que en algunos pueblos todavía se conservan. Aquí no, aquí los derribaron, los enterraron y los colgaron. Ahora hay un solar, un aparcamiento municipal. Soy de las pocas personas que tengo fotos de entonces, de finales de los años setenta. Mi madre me las hacía, ya entonces era ella muy moderna.

A falta de piscina, nadábamos allí. Yo las tenía enfrente, en la misma plaza donde teníamos el horno. No sé cómo podíamos bañarnos en esa agua tan sucia y pisar ese suelo tan resbaladizo debido al moho verde llepó. Y los bordes de las balsas, de mármol, estaban construidos en diagonal, para facilitar el lavado, claro, cuando se utilizaban para eso. Eran de todo, menos aptas para el baño. Pero era lo único que teníamos para refrescarnos.

Mi madre no quería que nadase allí, así que esperaba a que se durmiese la siesta, entonces abría el cajón de las monedas con sigilo, cogía las dos pesetas  que valía entrar y me iba corriendo a nadar, en cuanto veía pasar a la viejecita Anita, (que olía fatal, por cierto), a abrir las antiguas puertas de metal oxidadas. A saber que hicieron también con ellas, todo lo viejo lo tiraban, y ahora lo querrían recuperar.

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Mi madre no quería, digo, porque por la noche me dolían mucho las orejas, y lloraba y me quejaba, de tanta porquería que me entraba. Tenía otitis a menudo, y entonces me pasaba unos días sin nadar, poniéndome gotas, y era todo un fastidio. El verano de la foto llevaba el pelo corto, es la única vez que lo he llevado así, que yo recuerde. Mi madre me lo cortó “a lo chico” que decía ella, en cuanto tomé la comunión. No sé por qué. Estaría harta de lavármelo, secármelo y cepillármelo, digo yo, como tenía y tengo tanta mata de pelo y además rizado. Antes no se hacían todavía los secados a mano, se utilizaban los secadores esos que metías la cabeza dentro. En mi caso, si quería alisarme el pelo, me hacían “la toga”. No existían tampoco las planchas alisadoras. Así que me ponían un rulo grande enrollando el pelo de la coronilla, y el resto iba estirado de derecha a izquierda y viceversa, secándose dentro del secador por lo menos una hora o dos, un suplicio, vamos.

Sin embargo, y a pesar de todo, no recuerdo haber tenido piojos, cosa que hoy en día hay auténticas plagas, ahora que nos lavamos el pelo más a menudo que entonces. Mi hija los ha tenido recurrentes, grandes y fuertes. Se veían a simple vista. Hoy se hacen autoinmunes a todo. Solo hay que ver la gran cantidad de productos que venden, todos a la larga, inefectivos. Y lo de las otitis, ahora también las hay, a pesar de las piscinas cloradas, de la limpieza y la desinfección, los bichos y las bacterias, ahí están. Hay cosas que nunca podremos exterminar, como las ratas o las cucarachas. Dicen que si hubiese una guerra nuclear y se acabase la humanidad son las únicas que resistirían.

12 de octubre de 2017

Escrito por Anna Carbonell Piqueres para el taller La voz de las mujeres

El blog de Vivivan

 Cuba, periodo especial, años noventa.
La Unión Soviética se derrumba, las dificultades económicas se multiplican en la
isla.

El blog de Vivian

2 marzo, 1993

Tengo cuarenta y tres años, vivo con mi hijo de dieciséis en una casa aún sin terminar en Cojimar, municipio de Habana Este. Hay que pedir favores a familiares y conocidos para conseguir todo tipo de materiales cuyos precios no son equiparables a los salarios.

Soy doctora en defectología. Trabajo en el policlínico Camilo Cienfuegos a ocho kilómetros de Cojimar. Cada día me levanto al amanecer, sobre las seis de la mañana ya estoy a pie de carretera esperando la guagua de los trabajadores. Mi salario es de trescientos pesos cubanos al mes (doce dólares). Cuando termino en la consulta trabajo en el restaurante de un amigo de mi hermano donde cocino, friego y limpio hasta dejar todo en orden. Antes de volver a casa voy al mercado agropecuario donde se paga en peso cubano y luego visito a un par de conocidas en el reparto para comprar otros productos. Debo ser discreta, en la bolsa negra se vende de todo ilegalmente, (ropa, comida, medicamentos, productos de limpieza y aseo personal, etc.). Los informantes andan por todos sitios. Las buenas relaciones son imprescindibles para evitar ser delatados.

Mi hijo René irá a la universidad en un par de años, quiere ser ingeniero electrónico a toda costa. Tendrá que obtener unas notas altas y hacer el servicio militar para que el gobierno lo acepte en esta carrera. La revolución dirige y gestiona la formación de los jóvenes según las necesidades del país.

Movida por la necesidad imperiosa de sacar a mi hijo adelante me he decidido a solicitar una misión internacionalista en una brigada médica. Mi destino es Brasil, zona rural y aislada aún por determinar. La misión tiene una duración de dos años renovables con un mes de vacaciones al año en la isla. Mi salario sólo se verá aumentado en un treinta por ciento ya que el resto irá a las arcas revolucionarias.

La separación de mi hijo, las malas condiciones de vida y laborales durante la misión no me desaniman. Cada día lucho por vivir dignamente Escribo este blog para dar a conocer todas las dificultades que tenemos en Cuba.

PD: Dedicado a todas las mujeres cubanas que se enfrentan cada día a una interminable lista de resistencias.

Un texto de Mercedes de la Casa para La voz de las mujeres
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Grozny, la ciudad borrada

 

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El otro día estuvimos paseando por la calle principal de Grozny con mi compañera, la psicóloga con la que trabajo aquí, ella me comentaba lo difícil que le resulta vivir en su ciudad. Me decía que, de toda la ciudad, sólo en ese trocito de calle reconocía el lugar donde creció. «Durante la guerra, desde la ventana de mi casa, podía ver el edificio de la Universidad a dos kilómetros de distancia, el resto desapareció de un día para otro, los enormes edificios clásicos, la tienda de la señora Anastasia, el taller del zapatero, el quiosco, los bares donde íbamos los viernes por la noche, las casas de mis amigas, calles enteras se borraron aplastadas por las enormes patas de elefantes metálicos. La ciudad se hizo polvo y humo, lo que quedó fue un inmenso erial gris y polvoriento entre mi casa y la Universidad» Un erial como el que ahora hay entre las arrugas alrededor de sus labios y su sonrisa de ayer, entre el velo con el que ahora se cubre la cabeza y los cigarrillos de antaño; entre la casa a la que llega todas las noches y el hogar en el que solía soñar. El paisaje de su infancia ya no existe. Mientras habla su mirada viaja entre el pasado y el presente. “Cuando terminó la guerra dibujaron una nueva Grozny, se la tuvieron que inventar porque ya nadie sabía dónde había estado la Gran Avenida arbolada, donde la Avenida perpendicular, la escuela, la casa de la abuela o el parque de los columpios en el que aprendimos a volar y a levantarnos después de habernos raspado la rodilla, ni siquiera el callejón donde nos dimos los primeros besos”.

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La escuchaba y a la vez intentaba imaginar cómo sería para mí, que soy una persona de « imágenes », que guardo mis memorias en fotogramas a color, si el barrio donde crecí desapareciera por completo; no una casa o una calle si no todo entero, si de repente solo hubiera un gran terreno plano, sin relieve, solo con cascotes… y después lo reconstruyeran, incluso más bonito… (eso no sería difícil porque no recuerdo nada bonito en La Torrassa), los trazados de algunas calles diferentes, avenidas nuevas, amplias; otras desaparecidas para siempre, nuevas plazas en otros lugares, incluso un parque con columpios y toboganes… Y sería horrible, una pérdida enorme, siento un agujero negro dentro de mí al imaginarlo, sería perder mi hogar, mi lugar, sería perder una parte de mí.  Barcelona es mi hogar, entre otras cosas, porque me reconozco en sus calles, en sus tiendas cada vez que visito a mi madre, aunque ahora la vaquería donde iba a comprar la leche sea un minimercado pakistaní, y la bodega de los «maños» sea ahora la granja de «los chinos », y el bar de la esquina donde antes circulaban papelinas blancas, ahora se haya convertido en un salón de belleza y el colegio esté pintado de otro color y en la esquina, donde nos quedábamos hablando con mi amiga Silvia antes de irnos a casa, ya no viva el chico moreno de ojos negros al que mirábamos de reojo fingiendo no verlo …. Pero ¿si no es solo el barrio, si es toda la ciudad la que desaparece?.

Recuerdo ahora a una compañera palestina, de Gaza, también psicóloga, cuanto dolor había en su voz cuando hablábamos por teléfono (fue durante la operación «plomo fundido» del ejército israelí en Gaza, a fines de 2009, principios 2010) acababa de salir por primera vez a la calle después de unas semanas de encierro y miedo, su ciudad, la ciudad en la que creció ya no existía. Las mezquitas, el hospital… todo lo que daba una identidad a la ciudad de Gaza había sido destruido. No murió nadie de su familia, su única familia era su marido que estuvo a su lado durante el tiempo que duraron los ataques; pero aun así ella sufría un duelo por la pérdida; con los edificios habían volado su infancia y la de su familia, con las escuelas volaron las risas con las amigas, con el hospital también desaparecieron sus primeras prácticas con pacientes, su primera cita.  Y no había desaparecido la ciudad entera como ocurrió en Grozny.

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Quizás sea una frivolidad hablar de edificios cuando en una guerra se matan tantas personas, y se pierde el respeto a la dignidad y a los derechos humanos; pero cuando acabe la guerra en Yemen, ojalá sea pronto ¿Qué ciudad encontraran los yemeníes?; ¿Serán capaces de reconocer su hogar bajo las ruinas ?, ¿Serán capaces de reconstruirlo? Los palestinos siempre lo hacen, no importa cuántas veces destruyan sus ciudades; cuando todavía está levantado el humo de las bombas, ellos salen de sus casas con una pala para iniciar la reconstrucción de sus lugares, de sus memorias, su resiliencia crece con cada ataque, con cada amenaza.

Mi compañera me contaba que ella se siente extranjera cuando está en su ciudad, no le gusta pasear por Grozny, se siente incómoda en un lugar que ha reemplazado los teatros y las salas de conciertos por desfiles militares y recitales populares; la ópera por discursos presidenciales. Hace unos meses, durante un puente festivo en el que la ciudad se había quedado vacía, por primera vez se sintió en calma paseando, reconciliándose con ella. «Al principio no sabía porque me sentía diferente, hasta que de repente caí en la cuenta: no había gente, por eso me sentía bien» y es que en Grozny no sólo desaparecieron los edificios, sino también la mayoría de la población autóctona. Con el nuevo régimen, la personas con inquietudes, con curiosidad, la gente perteneciente al mundo cultural se fue y en su lugar llegaron familias de zonas rurales, mucho más conservadores, «guardianes de la tradición», gente frente a la que mi amiga se siente tan extranjera como yo, más mirada que yo, juzgada por ser como siempre antes había sido, si el largo de la falda no es el adecuado (en Grozny las mujeres no pueden llevar pantalones), si el pintalabios es demasiado brillante o su risa demasiado estridente. Las luces de neón psicodélicas que enmarcan los edificios del centro de la ciudad no consiguen iluminar la vida de mi amiga que siente todo el año los 10º negativos del invierno. Me mira y sonríe acariciándose la barriga. Pronto nacerá su hija “¿tu  crees que ella podrá correr por la calle riéndose a carcajadas con sus tejanos de color limón como  hacía yo?”.

[1] Palestinalibre.org Campo de refugiados Jabalia 2012