Adiós Jerusalén

Te paseo y ya te echo de menos, sabiendo que no  te veré en una larga temporada…con lo mucho que me has hecho sufrir, y sin embargo ahora me duele pensar en la separación.

Te huelo, esa mezcla de agua de rosas e inciensos medio bendito a precio de regateo. Y me haces sonreír, tan vieja y tan puñetera. ¿Acaso nunca encontrarás el sosiego de los ancianos?

Hará casi dos años que nos conocimos. Y tenía la sensación de llevar preparándome para este acontecimiento desde hacía mucho tiempo. Aún recuerdo los poemas que tantos poetas árabes te dedicaron y  que tanto se empeñaron en enseñarnos en la carrera…

Lloré hasta que las lágrimas se terminaron.

Recé hasta que las velas se  derritieron.

Me prosterné sin tregua, hasta aburrirme.

Pregunté por Jesús y por Mahoma, en ti, Jerusalén:

Tú, ciudad que profetas exhalas.

Tú, el adarve más corto entre el cielo y la tierra.

 (Fragmento de Jerusalén de Nizar Qabbani)”

Te temí antes de conocerte. Los meses previos a mi ansiada llegada las bombas volvían a estallar en tu nombre, los odios volvían a aflorar, y yo no sabía qué me iba a encontrar. Con un bebé de 4 meses, una niña de 3, y varios años de sabana africana , mis fuerzas estaban temblorosas. Y a punto estuve de echarme para atrás. Eras un desafío extremo para mi.

Llovías cuando te conocí, lloviste tanto que no pude ver tu luz hasta varias semanas después. Y de repente, un día, brilló el sol sobre tus casas de piedra y recuperé las fuerzas para descubrirte. Y la cúpula resplandeció, y supe que había llegado.

Tus habitantes, como salidos de un imaginario de seres fantásticos se me antojaron irreales. Y aún recuerdo con una gran sonrisa el día que Chloe entusiasmada gritó junto al muro de las lamentaciones: Muchos papás noeles!!!!

Pobres papás noeles esclavos de sus miedos.

Pelucas, levitas, gorros, chilabas, kufias, kippas, sotanas, rifles, chalecos antibalas…prendas que identifican, prendas que separan.

Sigues siendo tan hermética para mí. Los seminarios, charlas, conferencias de eruditos en tus guerras internas me han asqueado hasta decir basta. A, B, C como eufemismos alfabéticos para hablar de guerra, confiscación, desmantelamiento, ocupación, abusos. ¿Acaso no eres algo más?

Recuerdo los primeros días y la búsqueda de apartamento. Los agentes inmobiliarios, soltaban palabrejas que se me antojaban galimatías iniciáticos: tiene shukka,  cocina kosher, ascensor de shabat, apto para olim, limpieza de pascua incluida.

Encontramos nuestro nuevo hogar…sin adjetivos religiosos, con un jardín, un limonero, una palmera y unos vecinos israelíes militantes de izquierdas que nos abrieron la puerta a un universo de verdades escondidas.

Y encontré mis nuevos hábitos, la tienda del barrio, el camino más corto para ir a la escuela, la librería de segunda mano, algunos amigos tan perdidos y reencontrados como nosotros…y poco a poco, tu violencia y tu locura formaron parte de mi día a día.

De vez en cuando te volvías a hacer notar en toda tu crudeza, despertando el terror entre todos tus habitantes, para recordarnos que la injusticia seguía siendo tu razón de ser…

El mes de la intifada de los cuchillos creí que no sería capaz de seguir aquí. Los tiros que delataban que un palestino estaba siendo abatido a pocos metros de la escuela de mis hijas revolvieron  la leona que llevaba dentro. Capaz de todo por salvar a las crías. Y sin embargo aquello también pasó, y una vez más nos acostumbramos a los helicópteros sobrevolando la ciudad, y a los check points arbitrarios.

El día que visité Gaza por primera vez, pensé que no sería capaz de volver a mirar a la cara a un israelí. ¿Cómo se podía ir a la playa cuando a escasos kilómetros una población entera vivía en un campo de concentración?¿Cómo se podía ignorar que tras los muros había familias enteras esperando un permiso que nunca llega para ir al hospital?

Y sin embargo pude superarlo.

Y tus calles, tus colinas y tus habitantes variopintos y desquiciados volvieron a hacerme sonreír  ante la estupidez humana. Y  una vez más, me alegré de no tener religión.

En breve me voy. Y para mi sorpresa no me voy odiándote, a pesar de tu crudeza. Me has hecho más fuerte, me has agotado, me has hecho llorar, me has dado una experiencia profesional y humana tan intensa que sé que a partir de ahora todo me sabrá a poco.

Y curiosamente, lo que me llevo son dos rutinas maravillosas, mis café a media mañana con Nancy, y mis clases de canto con Deborah.

La primera, mi compañera de trabajo y amiga, palestina, 35 años, de familia musulmana, pero de carácter independiente, madre soltera, trabajadora, y luchadora. De intensa mirada verde, y la elegancia de las reinas moras. Juntas hemos compartido proyectos, aprendido sobre cooperativas de mujeres, artistas sin fronteras, atletas paralímpicos, pero sobre todo hemos compartido emociones, desamores, viajes, cotilleos y muchas risas.

La segunda, sefardí de origen, parisina de nacimiento e israelí de adopción, 38 años, belleza andrógina y talento hasta  decir basta, con ella he redescubierto el placer del canto, la pasión por la música y la importancia de no dejar de lado la creatividad. Me ha hecho tambalearme en todas mis certezas, y recuperar mi lado mas bossa-nova, tan parte de mi y tan enterrado tras la lucha social.

Gracias Jerusalén, ahora estoy perdida.

Jerusalén:

Tú, ciudad de las penas.

Lagrimón que deambulas por los párpados.

¿Quién podrá detener la agresión

contra ti? ¡Ay, perla de las religiones!

¿Quién limpiará la sangre de los muros?

¿Quién salvará el Corán y el Evangelio?

¿Quién salvará al Mesías de los que le mataron?

¿Quién salvará al hombre?

(Fragmento de Jerusalén, de Nizar Kabani)

cupula

3 comentarios sobre “Adiós Jerusalén

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